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lunes, 20 de septiembre de 2010

"No creo en bombas, pero a veces me dan ganas de tirarlas"


Tiene una opinión audaz para todos los temas, se declara anarka seguidor de Jünger y es imposible reconocer en él al mexicano que vende a su país como lo mejor del mundo. Al contrario, es ácido y crítico al hablar de la historia mexicana y encuentra en la realidad de su fútbol el perfecto retrato de una malograda sociedad.

Entrevista publicada en www.elfaro.net el 20 de junio de 2010 por Élmer Menjívar. Foto de Juan Jorge Marcos.

El escritor mexicano José Luis Rivas Vélez es un hombre con sombrero, y el sombrero combina con su traje, y su traje son su reloj, usa bigote y su cara tiene la capacidad de mutar entre lo apacible, lo mordaz y lo cómico. Conversador afable y dispuesto a meterse en todos los temas que se le ofrecen, vino por primera vez a El Salvador hace ocho años al Festival Internacional de Poesía, y hoy lo trajo la alcaldía de Santa Tecla para la inauguración del Museo de la Ciudad y un homenaje a Roque Dalton.

Es un poeta virtuoso con el léxico y traductor por envidia, pues asegura que aprovecha el oficio para reescribir en castellano solo obras que quiso haber escrito él. Reconocido con muchos premios literarios desde su primer libro en 1982, en 2009 el gobierno mexicano le otorga el Premio Nacional de Ciencias y Artes.

Es traductor, editor, poeta y ensayista. Nació en Tuxpan, Veracruz, México. Es licenciado en filosofía en la Universidad Autónoma de México. Formó parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de México. Es director de la Editorial de la Universidad Veracruzana. Reside en Banderilla, Veracruz. Fungió como director de la Editorial de la UV durante 14 años. Ha escrito Tierra nativa (1982), La transparencia del deseo (1986), Luz de mar abierto (1992), Ante un cálido norte (poesía reunida 1993-2003) y Un navío, un amor (2005); fue ganador del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (1986) y también del Xavier Villaurrutia en 1990.

Hablamos con él bajo una de las tormentas inclementes que lo fascinan. Recibió de nosotros la noticia de la muerte de Carlos Monsiváis, quien ha sido su amigo. Prometimos imprimir esta plática y enviársela por correo convencional porque es obstinadamente pretecnológico.

Es difícil presentarlo con tantos oficios. ¿Cómo se presenta usted?
Soy escritor, mexicano, nací en un pequeño puerto al norte de Veracruz, de nombre Tuxpa, en 1950. A los 15 años partí a la ciudad de México a estudiar filosofía. Más tarde cambié de carrera, me puse a estudiar letras hispánicas, después volví a filosofía. Tardé en concluir mis estudios porque pasé a trabajar en distintos lugares: la Universidad Autónoma de México (UNAM), la Universidad Autónoma Metropolitana, luego en el Fondo de Cultura Económico, siempre con la intención de ser escritor. En 1982 publiqué un libro de poemas titulado "Tierra Nativa", que se vio favorecido por un premio, tres años después publiqué otro libro, al año siguiente otro que recibió otro premio en Aguascalientes. En fin, llegué a creérmela que podía ser escritor.

También se lo creyeron otros...
Menos mal, porque si no sería solo un espejismo colectivo.

Tanto se la creyeron que anda usted por acá como invitado de honor a un homenaje para Roque Dalton junto con Ernesto Cardenal y Víctor Casaus.
Es probable que eso también sea un espejismo ja, ja, ja.

Por este elenco se infieren cierto tipo de afinidades ideológicas y cercanías a ciertos procesos.
Esa afinidad me acompañó hasta los primeros años de mi estadía en la ciudad de México, cuando varios de mis compañeros andaban en grupos troskistas o comunistas o de otro tipo, y trataron de jalarme a sus filas, pero siempre he tenido un espíritu bastante individualista. Lo más que logré entrar en esos terrenos fue cuando escribí en una revista de corte bastante anarquista, pero también nietzscheano, que se tituló "Caos". Hay bastante simpatía mía por las causa de izquierda pero nunca he sido un militante.

Octavio Paz y Carlos Fuentes provocan mucho recelo por esa misma postura, que en México no ha sido muy bien vista...
Y así sigue siendo. Yo no tengo ni credencial para votar.

¿Y eso por qué?
Porque no creo en las elecciones de mi país.

Desde la literatura suele proponerse algo ideológico, pero así como usted se pinta...
... parezco no proponer nada, ja, ja, ja...

Eso no lo dije yo.
Lo que sucede es que mi intención desde luego no va afiliada a ninguna causa grupal, pero por supuesto que en el fondo de mi actividad como escritor, el hecho mismo de reincidir en la publicación, existe desde luego el propósito de comunicar, así sea para contribuir a la confusión general.

¿Comunicar qué?
Creo haber sido una persona que disfrutó de una infancia muy bella en muchos aspectos, desde el punto de vista de lo bello natural. En lo que llevo aquí en El Salvador, recordé una vegetación muy similar a la que había en México; esas lluvias formidables que se han desencadenado me hicieron recordar también el mundo en el que de niño viví, y que era también de una ferocidad muy grande. Y qué bueno que esto todavía se conserva en este país, en el mío buena parte de eso ha sido arrasado en aras del progreso, el avance tecnológico y quién sabe cuántos otros ardides de la misma calaña.

En su obra se intuye una reivindicación de todo eso a través del vocabulario, de insistir en el uso de palabras de otro tiempo y de un espacio bien delimitado.
A mí me sorprendió que cuando hice una lectura a fondo de las principales antologías y obras de poetas mexicanos del siglo XX me topé con el hecho de que una enorme mayoría de ellos usaban el lenguaje culto, como si la poesía necesariamente tuviera que apelar a una habla libresca, no al de la gente y su vida cotidiana, nada que ver con el lenguaje coloquial, o apenas alguna frase para subrayar un contraste meramente circunstancial o deliberado, pero como botón de muestra. Entonces pensé que yo me había desenvuelto en un medio en que la gente nombraba las cosas que tenía enfrente con sus palabras, conversaba de la manera que le era propia, y traté de insertarlo en mi escritura de la manera más natural, sin tratar de que fuera una reproducción fiel o realista. A fin de cuentas yo no tenía más instrumento que mi memoria, porque al estar en la ciudad de México, la suspensión de esa habla en mi escucha diaria me permitió localizar el habla de mi abuela, de mi madre, la gente que estaba muy próxima a mi infancia y con esos elemento traté de hacer algo que participara de lenguaje culto, pero también de la gente común.

Supongo que este entendimiento de la palabra en su contexto influye mucho en su otra faceta profesional, la de traductor. ¿No considera esa labor un tanto temeraria?
Resulta que yo soy una persona muy tímida, pero al mismo tiempo temeraria, y he emprendido en el área de la traducción tareas mayúsculas: he traducido toda la poesía de Elliot, toda la de Rimbaud, buena parte de su correspondencia; he traducido el Omeros, de Dereck Walcott, un poema bastante extenso; traduzco ahora una novela en verso de Les Murray, un poeta australiano, que está nominado desde hace años para el Nobel, en fin, me he metido en trabajos de esta naturaleza en buena medida porque soy un insensato que siempre he tratado de traer a nuestra lengua las cosas que he leído en otras lenguas y que me han perecido maravillosas y he querido de algún modo tratar de compartirla con gente de mi lengua. Pero debo confesarlo de fondo: me hubiera gustado haber escrito esos libros. Y como no pude escribirlos en la lengua que se escribieron, trato de reescribirlos en la mía.

¿Ha caído en la tentación de hacer un poco suya la obra al traducirla?
Bueno, eso es un peligro y también un gesto honesto y yo no veo maneras de que el traductor se despersonalizara en vista de lo que tiene delante, tiene que asumirlo como algo susceptible de pasar, cambiando lo que tenga que cambiar, a la lengua propia, buscando siempre de que sea en la propia un poema también.

Hay otro tipo de traslado en la obra literaria, que ya no es de lengua, sino de tiempo. ¿Cree usted que un joven de ahora puede conectarse con la obra que usted escribió siendo joven?
Yo creo que no. Una de las cosas que advierto de dificultad con los jóvenes de ahora es precisamente esa amplitud de léxico, esa obstinación mía por nombrar las cosas tal como eran nombradas entre la gente de mi pueblo. A veces siento que me asiste cierta razón; por ejemplo, hay ciertas aves que no pueden ser nombradas con otro nombre que el pueblo le da, por ejemplo, la chachalaca, no hay otra manera de nombrarla, he tratado de recuperar en el nombre la descripción de un ave que no para de hacer sonidos molestos al oído.

Ese esfuerzo, aparte de los premios estrictamente literarios, le ha valido también reconocimientos políticos como el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009. ¿Qué cree que quiere reconocer un Estado cuando otorga estos galardones?
Exactamente no lo sé, tendría que contestar por el Estado. Creo que en mi caso es porque he escrito más de una docena de libros, he traducido más de una docena de libros, sobre todo poesía, y lo que se premia es más bien el carácter machacón de mi temperamento y mi insistencia permanente por hacer estas cosas.

Dada la triste noticia que se supo hoy (sábado 19) sobre la muerte de Carlos Monsiváis, quisiera...
¿Murió Carlos Monsiváis? No lo sabía, y los de aquí tampoco se han dado cuenta...

(La noticia le cayó por sorpresa, tuvo un evidente sobresalto. Carlos Monsiváis era su amigo. Tomó su teléfono celular y trató de comunicarse con su familia, pero no lo consiguió. Tras un momento de asimilación seguimos esta plática con una valoración sobre Monsiváis.)

Monsiváis es... era la conciencia crítica de México, una persona que nunca dejó de expresar en el lugar que fuera lo que pensaba y creo que representa una gran pérdida para el pensamiento crítico de mi país. Nos queda Fernando del Paso, pero no son muchos los que han mantenido una actitud como la suya a lo largo del tiempo. Lamentablemente este tipo de figuras no son reemplazables, la repetición de figuras así es probable que ya no se dé.

Usted estuvo hace apenas horas en un homenaje póstumo a quien aquí se le considera una conciencia crítica, a Roque Dalton, pero que murió hace 35 años. ¿Qué conoció de Dalton?
Yo no lo conocí personalmente, conozco parte de su obra. Es un poeta notable, creo que el caso de su asesinato sigue siendo una especie de enseñanza permanente de causas de grupos movidas ideológicamente, en las que todo aquel que se aparta criticando es objeto de imputaciones de traición. El espíritu crítico no es bien visto ni en la derecha ni en la presunta izquierda, pues lo que debería establecer la diferencia entre la izquierda y la derecha es precisamente su capacidad para asimilar el pensamiento crítico de sus propios integrantes, pero al parecer eso no se da, y en su lugar se ve como una especie de enemigo latente. Eso es de una gravedad terrible. Si su asesinato hubiera sido por parte del ejército oficial o una instancia similar todo hubiera tenido cierta lógica, pero al ser perpetrado por un grupo de izquierda al que él pertenecía es que resulta sumamente grave, y es sumamente grave que no se haya podido hacer justicia y llevar a la cárcel a sus asesinos.

¿Cómo interpreta usted que la familia Dalton esté actualmente haciendo señalamientos claros y exigiendo algo muy concreto al Estado respecto a este asesinato y que no haya respuesta?
Parece que este señor (Joaquín) Villalobos lo mismo es asesor del presidente de México, Colombia y en otros países, y según parece también tiene nexos con el mismo presidente de El Salvador, y si eso es así, difícilmente esto llevará al esclarecimiento de las cosas, tratará de algún modo de evitar llegar a este punto. Una sociedad para que pueda realmente desarrollarse y poner en claro su historia necesita que se produzcan acciones que creen un clima de justicia que sea el anuncio de un nuevo tiempo.

¿Considera válido el reclamo de la familia Dalton aunque hayan pasado 35 años?
Claro que es legítimo, precisamente porque una de las personas que es señalada como uno de los que lo ejecutan juega un papel de asesor contra movimientos de insurgencia y termina pactando con los poderes. Porque es por eso que muchos movimientos de izquierda terminan en dictaduras como Cuba, el mismo Ortega de Nicaragua, son héroes extraordinarios cuando están enfrentados al poder, pero cuando están en el poder pareciera que están destinados a reproducir lo peor del poder y a veces de una manera todavía mas terrible.

El problema según lo ve, es el poder... salió su veta anarquista...
Ahí está el asunto. Porque se habla de que la democracia representa un avance, pero, ¿dónde hay democracia? Sé que se dirá que es perfectible, que va mejorándose y que solo en la Atenas de Pericles hubo algo cercano a lo que consideramos democracia. Pero en mi país, por ejemplo, la democracia en un simulacro, donde los medios de comunicación deciden quién va al poder y los medios están infiltrados por los narcos. Parece que hasta el mismo Senado y los órganos representativos de la democracia de México están también infiltrados. ¿Cómo pensar que lo que se desarrolla a partir de eso sea algo cercano a la democracia?

¿Qué tan traumada quedó la sociedad mexicana luego de las últimas elecciones presidenciales?
Por un lado hubo un manejo muy taimado de los medios, que son los representantes del gran capital, y no solo representantes: las grandes empresas televisivas de México tienen como propietarios dos de los grupos más poderosos. Y un López Obrador que vociferaba que haría tal o cual reforma contra los empresarios en aras de conseguir votos, por su torpeza generó que estos empresarios urdieran un plan para arrebatarle la votación de una forma taimada. Sí fue una frustración para la sociedad civil, para la gente que creyó que ahí venía una apuesta, una posibilidad de cambio, de justicia, de redistribución de la riqueza que en México ha estado acaparada por más de doscientos años por trescientas familias. Esas esperanzas y creencias se vinieron abajo. Luego el mismo partido de López Obrador ha entrado en una serie de enfrentamientos, lo que ha mostrado lo que te digo del poder, y han hecho una serie de alianzas con el gobierno de Calderón realmente lamentables. Por eso yo digo que ya no existen partidos políticos en México, todos están fundidos en la misma porquería.

Usted se ha declarado anarquista. ¿Se identifica con las expresiones violentas del anarquismo como forma de debilitar el poder?
Yo no creo en las bombas aunque a veces me dan ganas de tirarlas, si de verdaderamente llegaran a tener un efecto benéfico como la supresión de dos o tres gentes que uno sabe que concentran en un determinado momento ese manejo ruin de la politiquería. Lamentablemente en mi país es una especie de Hidra que puedes arrancarle unos tentáculos pero reproduce 20. Por lo tanto, la violencia por ahí no parece que funcione. Aparte de que México es un país de delatores y traidores, toda la historia de la revolución en una historia de traiciones.

Usted no se expresa como un anarquista típico, pero tampoco como una mexicano típico que siempre repite que México es todo lo mejor...
Yo como anarquista comulgo más bien con el pensamiento de Jünger, quien no habla de un anarquista, sino de un anarka, donde hay una variante: estar cerca del poder pero tratándose de hacer una acción diferente con otros objetivos pero sin que eso garantice nada.

¿Y con qué visión del mexicano comulga? No parece muy optimista con su país.
Bueno, tenemos una infiltración del narco realmente aterradora, con carteles que se han formado con gente que ha desertado al ejército y que conocen el manejo de las armas, de los procedimientos del secuestro y antisecuestro.

¿Será que todo esto ha mermado ese orgullo del mexicano que está en el imaginario colectivo?
Cuando uno viene a El Salvador uno se da cuenta de la enorme influencia que México tiene en cuanto a imagen, y eso es por el manejo mediático, por haber sido pioneros en los medios de comunicación, la televisión, la radio. Me sorprende que tanto aquí como en Costa Rica, por ejemplo, haya programación consagrada a México, reproducen buena parte de los programas de México, películas, programas de chismes. Tan así que por los medios hay idealizada una imagen de un México que desapareció. Muchos creímos que con la desaparición del PRI México cambiaría, pero los gobiernos panistas que lo han seguido han sido la reproducción agravada de lo mismo, han sido ineptos en el desempeño.

¿Usted cree que el mexicano se ha dado cuenta?
Se ha dado cuenta, pero no tiene opción. O sea, no hay ningún partido que represente otra cosa.

En el contexto del Mundial de Fútbol se puede ver cómo intelectuales y escritores como Juan Villoro y Martín Caparrós reflejan un pesimismo unívoco: si empata la selección, está mal; si gana, son victorias pírricas; si pierde, ya se esperaba, no sé si a eso le ve un significado.
Al que he leído es a Villoro, y ha mostrado a través de la realidad del fútbol lo que está pasando en su país, la realidad que muestra el fútbol. Por ejemplo, la búsqueda desaforada del negocio por encima de cualquier cosa. Tenemos al hombre más rico del mundo (Carlos Slim) y cincuenta millones de mexicanos hundidos en la miseria. Creo que no hay que decir más al respecto. Por otra parte, en la liga de fútbol mexicana hay dos torneos anuales, y esto con vista a tener un negocio permanente con grandes dividendos. En México no se mide a un equipo por el rendimiento sostenido en un torneo largo como en España, sino que creo que se sacan ocho finalistas en torneos rápidos y se van eliminando hasta que hay dos semifinalistas... en fin, tanto Villoro como otros han demostrado que hay equipos que no pretenden ser campeones, solo pretender sacar dos o tres futbolistas notables que puedan vender luego a otros clubes locales o extranjeros y eso representa un negocio redondo. Este papel del negocio por encima de cualquier cosa en el fútbol ilustra el conjunto de la sociedad mexicana.

¿Qué significado tienen las celebraciones del bicentenario de la independencia?
El México insurgente se alza precisamente contra la clase más retardataria que son los que están en el poder ahora, una derecha ligada al clero más recalcitrante y que por lo tanto, ¿cómo podría ser esta clase de gente la que celebre la revolución de México, la independencia? Obviamente les da un lustre mediático, pero aparte de eso, nada, porque ellos mismos están desprovistos de una ideología que realmente resulta convincente.

Parece que no hay nada que celebrar.
Eso parece, porque pensándolo bien, a 200 años de independencia se subraya nuestra independencia económica y en muchas cosas de los Estados Unidos. ¿Cómo reconocernos como independientes si nunca lo hemos sido? Pero quiero decir que México es donde mejor se ha manejado retóricamente la independencia y en términos de imagen lo ha manejado muy bien, toda esa idea de las relaciones exteriores, el derecho a la autodeterminación y la soberanía ha sido muy bien manejado como imagen hasta que llegó Fox al poder, a fin de restañar las heridas.

viernes, 17 de septiembre de 2010

"Si Sandino viera esta Nicaragua le daría un infarto y caería muerto"


Nicaragua vive un amago de dictadura de manos de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, dice Claribel Alegría al analizar la situación política de su país natal. Para ella, aunque sería un error para la democracia nicaragüense, Ortega tiene todo servido para la reelección, que ya sería muy malo, pero sería peor -agrega- si su esposa llegara al poder.

Publicada en www.elfaro.net por Diego Murcia y Rodrigo Baires Quezada / Fotos: Mauro Arias, el 30 de julio de 2010.

Claribel Alegría dejó de lado las letras por unos minutos y habló de la política de su natal Nicaragua. Ganadora del premio Casa Las Américas, de La Habana, Cuba, en 1978, estuvo la semana pasada en El Salvador para participar en el lanzamiento de una fundación cultural que lleva su nombre. Minutos antes de ese evento, se sentó a platicar de Daniel Ortega, de su esposa Rosario Murillo y de una Nicaragua que le duele mucho. “Vamos a ver si después de hablar de política me dejan entrar en Nicaragua”, dice, lanza una carcajada y sigue: “No estoy de acuerdo con el gobierno de Daniel Ortega, porque me parece que es una dictadura, una dictadura familiar, y tampoco, con su reelección.”

¿Cómo se entiende la palabra democracia en Nicaragua?
Ahorita no veo democracia en Nicaragua, veo más un amago de dictadura.

¿Hacia dónde va Nicaragua?
Eso no lo sé, pero hay mucha pobreza y desempleo. Bueno, no todo es horrible o malo. Él ha hecho algunas cosas, por ejemplo, con la salud y la educación. Tampoco hay que ser blanco y negro. Pero, a pesar de ello, no estoy de acuerdo con este gobierno.

31 años después de la revolución, ¿esta era la Nicaragua que se imaginaba?
No, esto ha sido un desencanto enorme. Yo sigo siendo sandinista, pero sandinista de veras, pero no orteguista. Es decir, como digo Eduardo Galeano, a quien siempre lo cito: “Parece mentira que muchos de estos comandantes que se jugaron la vida por la revolución, ahora sean corruptos y le roban al pueblo. Le han robado la esperanza al pueblo.”

Usted sigue siendo sandinista, así como varias generaciones de nicaragüenses que hoy rondarán entre los 30 y 50 años, y defiende el sandinismo pero repudia a Ortega.
Es que lo que hay ahora en el gobierno es el orteguismo. Es eso de enamorarse del poder, tenés tantas cosas que querés quedarte ahí... Y ahí se enriquecen.

Hablaba con Sergio Ramírez hace dos años. Él decía que la revolución terminó cuando se entregó el poder a Violeta Chamorro después de unas elecciones democráticas.
Y esa es la verdad. Doña Violeta ganó la presidencia por la vía democrática y Daniel Ortega, ese día, dijo un discurso ejemplar que me encantó. Él dijo que antes se había ganado el poder por las armas y que ese día se había perdido democráticamente. Pero muy poquito después, empezaron los dos, él y su esposa, a sacar las uñas.

Ese día, ¿Daniel Ortega se fue del poder siendo todavía un gran comandante?
Sí, como un gran comandante, pero ahora, para mucha gente, es una gran decepción.

Esa decepción es una de las caras de la política nicaragüense. La otra es Arnoldo Alemán. Y ambas son dos caras bien conocidas, relacionadas con la corrupción. ¿Eso le queda a la política nicaragüense?
Es horrible. ¿Quién es la oposición? ¿Alemán? Imagínate que él fuera de nuevo presidente... ¡con los robos que hizo!

Pero se han dado casos similares en América Latina, como el de Alan García en Perú.
Sí, pero eso es bien triste. Ahora está Eduardo Montealegre, que dicen que se va a aliar con alguien y que tal vez así se gane la presidencia. Pero no veo a la oposición y lo que hay ahora es un caos. Mucha gente opina que Daniel Ortega será reelegido... ¡Ojalá que no sea así!

¿Cómo la gente siguió creyendo en Daniel después de que se alió con Arnoldo Alemán?
Hubo mucha protesta. ¿Qué otro remedio le queda a la gente? No tiene opciones.

Pero él se une a un ladrón y gana las elecciones...
... Exactamente. Es una cosa espantosa porque ellos están mal un día y al día siguiente están haciendo un pacto. Todo es así: “Te doy esto, si yo gano esto”.

¿Y dónde queda la memoria histórica del pueblo nicaragüense? ¿No recuerdan el pacto Ortega–Alemán y los casos de corrupción?
Es que estamos dando un paso adelante y retrocedemos dos. Y ahora casi estamos como cuando estaba Anastasio Somoza, ja, ja, ja.

¿Sí?
Francamente, sí.

Pero sin la represión...
... Bueno, todavía uno se puede expresar en la prensa aunque haya mucho acoso político.

¿Cuál es el papel de los intelectuales y de los artistas en la Nicaragua de hoy?
Bueno, ahí tenés a un Sergio Ramírez y a una Gioconda Belli siempre escribiendo en sus blogs, siempre opinando y eso lo admiro. Si bien se les acosa, todavía se les permite. En tiempos de Somoza eso no se hubiera permitido. En ese tiempo te mataban. Todavía, para ser justos, tenemos eso... aunque no sé hasta cuándo existirá.

¿De qué sirven esas opiniones, esas críticas, si la política y los políticos en Nicaragua no cambian?
Así los jóvenes se enteran de lo qué está pasando. Si no, no se enterarían de nada. Yo soy optimista y sí creo que sirven de algo esas voces porque algún oído, algún terreno fértil habrá en el que esas palabras servirán. Por eso Sergio, Ernesto Cardenal o Gioconda, con gran valentía, siguen escribiendo. Ellos también creen que sirve de algo que los jóvenes se den cuenta de lo qué está pasando en el país, a pesar de la apatía que hay entre los jóvenes.

Me refiero a que igual Daniel Ortega se puede reelegir, igual puede ganar la presidencia con solo el 30% de los votos válidos...
... Sí, con un fraude. Así como hay fraude para elegir a los alcaldes, por ejemplo, o se botan a los alcaldes que el pueblo ha elegido y que no le gustan a él.

Y vemos en Nicaragua un sistema político que se basa en partidos políticos desacreditados por completo.
Sí, así es.

Entonces, ¿de qué me sirve escuchar buenas críticas si la esperanza de poder cambiar la política nicaragüense la tengo que depositar en esos políticos y en esos partidos que ya existen?
Eso es lo terrible, porque no se puede. Mi marido y yo nos fuimos a vivir a Nicaragua cuando ganó la revolución. Fuimos a escribir un libro, Nicaragua en la revolución sandinista, y lo que vimos fue una cosa maravillosa, una euforia, todos estábamos felices. Fueron años muy duros pero muy lindos, años que valieron la pena.

Vio como esa revolución creció, llegó a su meseta y empezó a decaer. ¿Cuándo empezó a decaer?
Pienso que no fue con doña Violeta, que hizo cosas muy positivas. Ella ama a sus compatriotas, no quería que se mataran entre sí y paró la guerra. Ese fue uno de sus grandes aportes. Y en esa presidencia, ella no se enriqueció ni quiso perpetuarse en el poder. Pero después vinieron todos los otros, como ustedes saben, y vino una corrupción terrible.

¿Cómo se puede seguir siendo sandinista si la principal cara del Frente Sandinista para la Liberación Nacional es una persona vinculada con esa corrupción?
Es que es diferente. Sandino era una maravilla de hombre. Una persona que quiso liberar a su país y fue asesinado por eso. Por eso soy sandinista y no soy eso que hay ahora, orteguista. Daniel Ortega es dueño del FSLN, por eso no pertenezco al Frente y sí sigo siendo sandinista. Y es que hay otra cosa con lo del orteguismo y es que en el campo todos son sandinistas, siempre rojinegros, y como creen que Daniel es el FSLN, están con él por ignorancia.

¿Porque votan por la bandera del Frente?
Exacto. Y votan por él y por su mujer.

¿Y de dónde Ortega saca ese 30%?
Pienso que es que se puede comprar. Muchos lo han comprado.

¿Como a los rezadores, quienes protestaron porque no les pagaron su apoyo electoral a Ortega?
Exactamente. Así hay gente de familias pobres que no tienen nada a la que Daniel Ortega y su mujer, Rosario Murillo, llegan y les regalan una cocinita, una camita... Y así se está feliz porque es gente que vive verdaderamente en la miseria. La pobreza en Nicaragua es espantosa, es una miseria. Y ya te digo, son regalos simbólicos los que les hacen. Pero esta gente que está en la pobreza más grande del mundo, ¿cómo no se va a alegrar con una estufita o una camita? Se venden, en ese sentido. Así compran a muchos.

¿Eso es populismo?
Sí, puro populismo.

Un compañero fotógrafo ha estado presente en las últimas dos celebraciones del aniversario de la revolución. Parece que ya no es el aniversario sino la fiesta de Daniel.
Así es. Y la plaza siempre está llena. Pero se trae gente del interior en camiones. Si tú ves, sobre todo está llena la plaza de gente joven, que quieren oír música y que les gustan los refrescos...

¿Y dónde está la revolución en todo esto?
El puro sandinismo está por los suelos, ja, ja, ja. No existe en estos momentos en Nicaragua, creo yo. ¡El sandinismo! Ellos se llaman sandinistas, bueno... Si Sandino veía esta Nicaragua, le daba un infarto y caía muerto. También hay muchos jóvenes que no saben bien quién es Daniel Ortega, que están apáticos a lo que sucede en Nicaragua. Y otros que dicen: “Mirá, yo voy a estar con el gobierno porque así tengo empleo”.

¿Es un partido que tiene esos resultados porque está en el gobierno, porque tiene dinero del Estado?
Sí, se mueve a través del gobierno.

¿Qué diría Sandino de este partido, de este gobierno, que utiliza su nombre?
¿Qué diría? ¡Le daría un ataque y caería muerto! Él diría: “Eso no fue lo que yo quise para mi pueblo”. Eso no es. Él buscaba un país independiente de una vez por todas del imperio norteamericano y la igualdad para su pueblo. Sandino era un verdadero demócrata.

Y nos dice que no hay igualdad...
... Nooooo. Hay gente con dinero, capitalistas, como la familia Pellas, aunque no tienen tanto dinero como los ricos de El Salvador. Y hay una terrible desigualdad social, una pobreza espantosa... Hay miseria.

¿Y la independencia?
Ortega siempre está hablando del horror de los yankis, pero él recibe cosas de Hugo Chávez, de este y del otro.

No hay independencia, no hay igualdad social. ¿Qué tiene, entonces, Daniel Ortega, para reelegirse en 2011?
La gente dice: “Mejor lo viejo conocido. A saber qué nos va a venir. Y si Daniel Ortega nos ofrece esto y nos está diciendo que va a haber menos pobreza, que está aceptando todo lo que Chávez le está dando para que no haya tantos apagones por la falta de petróleo... entonces, todo está bien”. Muchos piensan así y es triste. Y lo es más que la juventud todavía no se ha dado cuenta completamente de esto. Ahora, hay rumores, yo no sé, de que si Daniel Ortega se reelige, puede que haya un levantamiento en Nicaragua. Dicen...

... ¿Quién dice?
... Dicen...

Pues yo estuve, no hace mucho, en las universidades de León y en la UCA, y los estudiantes de lo que menos hablaban era de política. ¿Un levantamiento cuando la gente es tan apática a la política?
Sí, igual pasa en la literatura con lo jóvenes. Ya no escriben cosas políticas ni nada de eso, pareciera que están como en una búsqueda pero con mucha apatía.

¿Quién tiene que aparecer para que esto cambie?
¡Ay, tiene que aparecer un gran hombre! No sé dónde está. A mí me gustaba Sergio (Ramírez)... un gran hombre, un pensador, una persona muy honesta pero que no lo conocían muchos, sobre todo en el área rural. A mí me simpatiza Edmundo Jarquín, pero tampoco es muy conocido fuera de Managua.

¿Usted no cree que los intelectuales, los hacedores de la cultura, están en una torre de marfil muy alta y alejada del resto, por lo que mencionaba de Sergio, de Jarquín?
Puede ser. A lo mejor ellos tendrían que haberse adentrado a Nicaragua y vivir cerca de esas gentes. A mí me habría encantado que Sergio fuera presidente, pero él dice que ya no, que no se mete más en política. Pero es cierto eso de que los intelectuales como que nos encaramamos mucho a las nubes, pero estos intelectuales -Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Ernesto Cardenal y otros- se la están jugando. Ustedes leen lo que dicen ellos en sus textos, ¡eso es de una valentía increíble!

¿Cuáles son los escenarios que tiene Nicaragua con las próximas elecciones?
Tengo mucho miedo de una reelección. Ahora se habla de un candidato, Eduardo Montealegre. La gente habla de que él buscará alianzas, pero todavía no se sabe con qué gentes y que esta fuerza pueda que le gane a Daniel. Aunque yo lo dudo.

Montealegre ya corrió por una candidatura, por la alcaldía de Managua, que no es feudo de Ortega, y aún así perdió...
Exactamente.

¿Dónde queda Arnoldo Alemán en este juego?
Parece mentira, pero él tiene muchos partidarios y sería algo espantoso que una persona como él, que es un probado ladrón, vaya a dirigir Nicaragua. Es un panorama muy triste.

¿Y el papel de Rosario Murillo?
Es muy peligroso.

¿Por qué?
Porque ella manda mucho. En ese binomio, Rosario tiene mucho qué decir. Ella tiene una gran voz.

¿Quién es ella?
Rosario Murillo es una poetisa que peleó en la guerra. Tiene algunos poemas que no están mal. Conoció durante la guerra, creo que en Costa Rica, a Daniel Ortega, se enamoraron y desde entonces han vivido juntos. Ella es la madre de esta muchacha a quien Daniel Ortega violó. Y ella, Rosario, estuvo de parte de Daniel. Yo, como madre, no lo entiendo.

¿Y como mujer?
Tampoco.

¿Y como revolucionaria?
Ella fue revolucionaria, peleó en la guerra, pero ahora, como mujer, darle la razón a Daniel... ¡Es su hija!

¿Cuánto pesa la figura de Rosario ahora?
Muchísimo. Hasta han dicho que si Daniel no era presidente, que podría serlo la Rosario. Y creo que sí es factible.
Es muy triste la situación política de Nicaragua.

¿Qué pasaría si ella llega al poder?
Ah, vamos a estar peor que con Daniel, ja, ja, ja.

¿Por qué se le aguanta?
Porque es la mujer de Daniel, pues, ¿y qué le van a hacer? Pero eso de que haya posibilidades de que ella sea presidenta, sería horrible. Esperemos que no.


martes, 28 de julio de 2009

Alicia en el país de las armas

Llegar al lugar de mi trabajo me toma cerca de 20 minutos. Recorro entre 20 y 25 kilómetros de colonias, centros comerciales y pedigüeños y ese camino siempre está lleno de armas de fuego -eso sin contar los corvos, cuchillos, navajas, hondillas, piedras y perros-que-cuidan-casas que sirven de protección contra la violencia a las personas. La primera arma con la que me topo en las mañanas es con la del vigilante de la colonia, luego paso cerca de tres gasolineras, una veintena de centros comerciales, una decena de bancos, seis farmacias, un periódico... En total, entro en contacto con personas armadas al menos unas treinta veces, y esto sólo yendo de mi casa al trabajo, cuyo vigilante también posee un arma. No es que me den miedo estas personas, pero no puedo ocultar sentir desconfianza de pensar que esas armas han matado, matarán o están matando a alguien en defensa propia o por un mortal descuido. El Salvador es violento por razones económicas. La gente buena debe defenderse de los que viven y se lucran del mal. No recuerdo haber leído en las cara de los firmantes de los Acuerdos de Paz que el cese de fuego tendría que nacer a punta de pistola o de escopeta o rifle o... lo que sea. Eso da miedo.

martes, 30 de junio de 2009

El hombre detrás de la palabra



Publicada el 16.11.2008, en Cultura de La Prensa Gráfica.

El 16 de noviembre de 1922, en la aldea de Azinhaga, Ribetejo (Portugal), nació José de Sousa Saramago, hijo de José de Sousa y María da Piedad. El primero de dos hermanos, Francisco, era dos años mayor que él, pero este murió en 1924 a causa de una bronconeumonía. Su madre nunca pudo aceptar la muerte de su primer hijo. “Yo le pedía un beso y no me lo daba nunca”, rememora Saramago, en una entrevista concedida al escritor y periodista Juan Arias, y publicada en un libro bajo el título “El amor posible” (Planeta, 1998).

Sobre su padre cuenta que, aunque no tuvo una mala relación, “en algunas cosas es como si no hubiera llegado a conocerlo”, dice un hombre ya con 83 años. Quizá por eso su apego fue más hacia su abuelo y abuela del lado materno.

Con su abuelo, JerónimoMelrinho, pasaba horas oyéndolo contar historias sobre el techo de la casa donde vivían en Ribetejo. “Es el hombre más sabio que he conocido en toda mi vida”, dice, mientras advierte: “Él nunca leyó un libro en su vida, no sabía lo que era una letra”.

La figura de Jerónimo ha sido un pilar en la vida de Saramago, por eso en su discurso de agradecimiento por el premio Nobel de Literatura que recibió en 1998 no dejó de demostrarle respeto y agradecimiento al hombre que fue su maestro en muchos aspectos. “A las 4 de la madrugada se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Eran analfabetos uno y otro”, fueron sus palabras.

Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo con el reconocimiento. Las vestiduras se rasgaron en el Vaticano cuando se enteraron de que el nuevo Nobel era portugués, comunista y ateo. La Santa Sede, a través del diario “L'Obsservatore Romano”, dijo: “Otra vez el Nobel ha sido dado según una orientación ideológica precisa”. El primero, según ellos, había sido dado a un “bufón” llamado Darío Fo y que, además, era dramaturgo.

La razón de tales declaraciones fue producto de la novela “El Evangelio según Jesucristo”, donde Saramago da su propia visión del Hijo de Dios, misma que no fue comprendida por los católicos ni siquiera de su propio país, lo cual le valió el exilio de su natal Portugal.

Años más tarde, en su nueva residencia en la isla Lanzarote, del archipiélago de las Canarias, donde vive junto con su traductora, la española Pilar del Río, millones de lectores le dan la razón a Saramago.

El primero de una estirpe

Saramago no es un apellido, es el apodo con el que la gente de la aldea Azinhaga conocía a la familia De Sousa. Su mítico apellido, según cuenta Juan Arias, lo adquiriría debido a la pericia de un funcionario del registro civil, quien como una broma hacia los padres de José añadió a su nombre y apellido el de “Saramago”. Ahí nació la leyenda, y el primero de una estirpe.

Cuando era pequeño estudió en la escuela industrial Alfonso Domingues (Lisboa), y se graduó como mecánico cerrajero. Con esto se ganaría la vida durante su adolescencia en los hospitales de Lisboa.

De Sousa tenía un sueño acentuado por las historias de su abuelo y por el primer libro que leyó y que le fue regalado por su madre: “O mistério do mohinho”, de un autor inglés.

Así, mientras trabajaba durante el día, pasaba las noches leyendo en la biblioteca del Palacio das Galveias, en Lisboa, ciudad a la que se había trasladado su familia luego de la muerte de su hermano Francisco.

Durante muchos años, ante la imposibilidad de realizar estudios universitarios, fue un “mil oficios”: ceramista, mecánico, vendedor de seguros, editorialista, crítico literario, cronista, director de periódico, militante del partido comunista portugués, etc.

Su carrera de escritor, propiamente dicha, no comenzó sino hasta 1970, cuando escribió su libro de poesía “Probablemente alegría”, aunque 23 años antes había escrito su primera novela: “Tierra de pecado”.

A partir de entonces, sus publicaciones se volvieron constantes. Tuvo que ver en ello la determinación que tomó allá por 1975, cuando al fin de la llamada contrarrevolución de Portugal, al verse sin trabajo fijo, decidió dedicarse de lleno al oficio de escribir, mientras, para mantenerse, trabajaba como traductor de medio tiempo.

Su salto a la fama como escritor de altos vuelos fue de forma fulgurante cuando el rondaba ya los cerca de 60 años y publicó su novela “Memorial del convento” (1982).

Aún así, José Saramago ha afirmado que no es un novelista. “No me gusta escribir, pero tengo algo que quiero y necesito decir”, declara en una recopilación de entrevistas realizada por la periodista colombiana Tamara Andrea Peña.

José Saramago es en la actualidad el escritor portugués de mayor proyección fuera de las fronteras de su país. Su obra literaria, que ya suma más de 29 piezas —entre poesía, novelas, ensayos, teatro, relatos y diarios—, puede ser leída en 30 idiomas al rededor del mundo.


Del amor a la palabra

Entre su amor por la literatura, el comunismo y las mujeres, no ha existido espacio para la duda.

José Saramago se ha casado dos veces. La primera con la pintora Ilda Reis, con quien tuvo una hija a la que llamaron Violante. Su segunda esposa se llama Pilar del Río Sánchez, una periodista andaluza que se ha convertido en el punto de apoyo del literato portugués desde 1988.

“Pilar es el centro de mi vida desde que la conocí. Cuando ella no está, es como si yo dejara de ser yo mismo, o como si me faltara algo para que pudiera ser yo mismo”, reflexiona Saramago.

Ella es su inspiración, una musa que ha invadido los sentidos de escritor a tal grado que en muchos de sus libros la figura central de la trama suele ser una mujer. Y es ella la que da rienda suelta a las pasiones que dan sentido a los hombres con los que convive.

El escritor comprometido

Pero, también, en la vida de Saramago han existido otros motores, que lo han impulsado a emprender una justa en contra de las actitudes desmoralizadoras de los seres humanos. Siempre tiene inquietudes respecto a cómo las sociedades conviven entre sí.

Es por ello que este autor, comunista por convicción y ateo por conveniencia, no solo merece el reconocimiento de sus lectores por su obra literaria, sino también por sus agudas reflexiones sobre el mundo, la religión y la problemática social, de las cuales no duda en dar su acérrimo punto de vista cada que tiene ocasión.

Así lo declara en una entrevista concedida al periódico argentino “El Clarín”: “Cuando miras un mundo como este en que vivimos, en el que unas 200 personas tienen la riqueza de más del 40% de la humanidad, ¿se puede ser optimista en un mundo como este? No creo que se pueda. Claro, yo podría decir: ‘Si yo estoy bien, ¿para qué quiero preocuparme del estado en que se encuentra el mundo?’. Pues no. Lo siento. Me preocupo”.

El autor del “Ensayo sobre la lucidez” (2004), uno de sus últimos libros y en el que él advierte sobre el fenómeno de la democracia corrupta y la pérdida subsecuente de valores, considera que aún tiene cosas por decir.

El camino de la rebeldía de sus años mozos lo llevó a las filas del Partido Comunista de Portugal (1969), profundamente arraigado en el campesinado y la clase obrera, con la que él siempre se ha identificado por sus orígenes.

Durante su militancia, ha llegado, incluso, a postularse como candidato, luego de que la dictadura de Antonio Oliveira Salazar fue sustituida por la democracia mediante un movimiento al que se denominó “La revolución de los claveles”.

Hoy, en la recta final de sus días, no niega la satisfacción de lo que ha conseguido en su vida, desde que salió de aquella casa de campo en Azinhaga. “Soy simplemente una persona con algunas ideas que le han servido de razonable gobierno en todas las circunstancias, buenas o malas, de la vida”, dice.

Y tras las circunstancias de esta vida, aún queda un hombre con razones para seguir escribiendo sobre la palabra.


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“La revolución de los claveles”

Es el nombre dado al levantamiento militar del 25 de abril de 1974 que provocó la caída en Portugal de la dictadura de Antonio Oliveira Salazar, que dominaba el país desde 1933, la más longeva de Europa. El fin de este régimen, conocido como Estado Novo, permitió que las últimas colonias portuguesas lograran su independencia tras una larga guerra colonial contra la metrópoli y que Portugal mismo se convirtiera en un Estado de derecho democrático.

En las calles la euforia se desató, civiles y militares se reencontraron en abrazos de libertad. Con la victoria por bandera, las floristas ofrecían a los soldados sus claveles que terminaron en la punta de los fusiles, sin saber que con ese gesto simple bautizaron la última revolución romántica de Europa.

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“Soy simplemente una persona con algunas ideas que le han servido de razonable gobierno en todas las circunstancias, buenas o malas, de la vida”, dice Saramago sobre sí mismo.

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“Realmente no entiendo cuando las personas hablan del bien y del mal, todas esas cosas son invenciones del hombre”, Saramago.

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“Esto es lo que va haciendo Saramago por su tierra: hablar y reencontrarse con seres humanos que no se han dejado seducir por los melifluos discursos de los varios poderes”, Pilar del Río, su esposa.

domingo, 7 de junio de 2009

“En El Mozote, la orden fue: lo que se mueva se muere”



Publicada el 15 de diciembre de 2008 – www.elfaro.net

Por primera vez, un ex soldado perteneciente al Batallón Atalcatl, y que participó en la masacre de El Mozote, relata algunos de los detalles de dicho operativo en el cual, recuerda, la orden era simple: “Lo que se mueva, se muere”. El jueves se cumplieron 27 años de una de las matanzas de civiles atribuidas al ejército, que ya hizo que El Salvador fuera demandado al menos dos veces ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Efraín Antonio Fuentes asegura que él y sus compañeros campesinos convertidos a la fuerza en militares, fueron engañados para participar en una guerra de pobres contra pobres. Hoy, sus luchas son por los lisiados que produjo la guerra.


Por Diego Murcia


“El Mozote fue una masacre triste y terrible. Ahí murieron todos, hasta los niños.” Así empieza su relato Efraín Antonio Fuentes, con voz pausada, mientras sus ojos huyen del contacto visual continuo de su interlocutor. Así dieron inicio las poco más de tres horas de conversación, en donde este ex soldado perteneciente al Batallón Atlacatl reveló algunos de los hechos que ocurrieron antes, durante y después de la masacre de El Mozote, ocurrida el 11 de diciembre de 1981, y que la conoció el mundo gracias a los reportes de la prensa internacional.

En esa matanza murieron centenares de personas, niños y niñas en su mayoría. Aunque no hay una cifra precisa y los datos varían según las fuentes. Uno de los expedientes ventilado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos habla de 765 fallecidos.

La Comisión de la Verdad habla de un poco más de 200 restos humanos renocibles, pero la cifra podría ascender a 400. Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador habla de 765 personas ejecutadas; mientras que un equipo argentino de antropología forense que visitó el lugar en busca de osamentas que permitieran saber cómo ocurrieron los hechos, determinó que en El Mozote y cantones aledaños fueron asesinadas 809 personas, más de 400 de ellas niños y niñas menores de 12 años. Los ojos de Efraín hicieron sus propias cuentas ese día y tampoco cuadran con las historias oficiales que se tienen del caso: “Yo no vi demasiada muerte, a pesar de que dicen que fueron bastantes. En los alrededores, puede ser. Pero yo vi unos 25 cuando entramos. Algunos habían muerto a balazos y otros a cuchillo”.

Cuando ocurrió la matanza de El Mozote, Efraín tenía 17 años y apenas unos meses de haber ingresado al Batallón. Tenía pocos días de andar en campaña, apenas se habían formado cuatro compañías de las nueve que llegó a tener el Atlacatl.

“Una noche antes me dijeron: Preparate, vamos a un lugar donde nos están esperando, donde es difícil entrar, pero vamos a entrar y si no te ponés las pilas, pues, te van a matar y tenés que actuar según las tácticas que te han enseñado y si no vas a ser hombre muerto. Y ni modo, qué hacíamos, peparar los fusilitos, 700 cartuchos... todo lo que nos daban en el equipo. A mí, que era especialista en lanzagranadas, me daban 60 granadas. Con eso me fui”.

La especialidad de Efraín eran los M16 con lanzagranadas. La primera vez que tuvo en sus manos uno de estos fusiles fue en el cuartel de la Segunda Brigada de Infantería, de Santa Ana, después de que lo reclutaron forzosamente en la finca Los Naranjos, donde estaba trabajando cortando café. A eso se dedicaban él y su familia, originarios del Cantón El Castillo, en Coatepeque. En la corta participaban sus hermanas, su hermano, su padre y su madre. Pero cuando llegó al cuartel, se olvidó de los canastos y el café y aprendió a lanzar granadas. “Era el número uno de mi sección. Si me ponían casitas pequeñas para que practicara mi puntería, yo siempre les pegaba en el centro”, asegura.

Pese a que lo forzaron a estar en el ejército, pronto se adaptó a su nueva vida. Le pagaban 85 colones por hacer rondas en Santa Ana y cuidar bodegas en el cuartel. Pero un día supo que se estaba formando un nuevo batallón y que estaban pagando 240 colones por ir a combatir y se fue a enrolar. Luego llegó a ganar 400 colones y al final de su carrera militar, cuando quedó lisiado, salió ganando 900 colones. Nada mal para alguien que solo había estudiado segundo grado de primaria y que no sabía hacer otra cosa que cortar café y lanzar granadas con buena puntería.

“Lo primero que hice cuando nos dijeron que íbamos a este cantón fue preparar mi equipo. Es que, cuando ya le dicen a uno que va a salir, se prepara el fusil, ese todo el tiempo pasa aceitadito. Después se va uno a contar cuántos cartuchos se va a llevar. Luego lo llevan a uno hasta el lugar y es ahí donde le dicen qué es lo que va a hacer, cómo se va a actuar. Si es masacre, le dicen a uno que va a matar... Mientras, solo le dicen a uno vamos a ir a un lugar, sin darte el nombre, solo te dicen que vas para un lugar donde habrá un combate duro, un lugar donde es difícil entrar.

“Nosotros sí vamos a entrar y vamos a demostrar que sí podemos, nos decían. No le dan ni la hora de salir a uno, solo le dicen que se preparen los fusiles y, de presto, a las 2 o 3 de la mañana, se sale. Antes de eso, por lo general, la mayoría de los soldados, lo que están haciendo es platicar de sus licencias, de lo que les ha pasado, no de la guerra sino de sus quehaceres cuando les den las licencias”.

Lo que se mueve, se muere

“Para El Mozote no nos dijeron nada, solo que ibamos a un lugar y que todo lo que se moviera se destruyera. Esa fue la orden que dieron, porque decían que todos eran guerrilleros, desde mujeres hasta niños, que podrían llegar a ser parte de las masas en un futuro y que podrían llevarle la logística a ellos. De esa manera fueron las órdenes que se dieron en El Sumpul, Guazapa, El Mozote, Las Tablas... órdenes que ejecutaron los batallones Belloso, Atlacatl, Bracamonte, que eran de reacción inmediata... Yo participé casi en todas, porque, como batallón, en un inicio andábamos casi en todas. Salíamos a operar, regresábamos con licencia, nos íbamos para la casa y luego regresábamos al batallón y salíamos de nuevo a operar. Cuando el batallón se hizo grande, que llegó a nueve compañías, salían seis compañías a operar -hablo de un equivalente a 700 hombres- y quedaban 370 para cuidar la sede. Entonces, sí, ya era diferente, porque pasábamos dos meses en el monte, y luego regresábamos de operar, descansaban tres compañías y las que habían quedado descansando, tendían a irse nuevamente”.

“Habían órdenes terribles en la guerra, pero considero que no me manché las manos en algo a sangre fría. No voy a decir que no se mató, sí, pero fue en combate, porque o matás o te matan. Un combate para eso es. Cuando se capturaron personas, yo nunca maté así, a pesar de que recibí órdenes de matar. En Guazapa hayamos un tatú llenito de personas: ancianos, niños, mujeres en especial... Sacaron a unas 45 personas de ahí y salvaron a algunas. No sé cuál fue el sentido de eso. Imagino que fue para traerlas a San Salvador y sacarles verdades. Las subieron a helicópteros y se las trajeron. Pero, a la mayoría las mataron a sangre fría. Yo en ese entonces tenía pocos días en el batallón y me querían probar para ver qué valor tenía y me dijeron: aquí está un yatagán, matá a esta gente. Pero yo les dije que no, que a sangre fría no mataba y menos con cuchillo. Si fuera peleando, sí, hubiera usado mi M-16. Y todavía me atreví a decirles que si lo hacía con fusil, me atrevía a hacerlo, pero con cuchillo, no, porque no me gustaba eso. Pero como sobraba quien lo hiciera y no pensaban sus actos, salió alguien y lo hizo. ¿Por qué no me amonestaron esa rebeldía? Porque en el combate, allá en el monte, éramos uno a uno, hombre a hombre, y no importaba si estábamos en el mismo bando. Cuando pasaba algo así y amonestaban a alguien, ahí en combate encarnizado, ahí no más se le volteaba el fusil entre los mismos compañeros. Por eso no se amonestaba. Había respeto entre todos, por cualquier cosa, porque se le tenía miedo al ofendido a la hora de estar en combate”.

“Salimos del batallón, en el Sitio del Niño, y llegamos a la pista que tenía el ejército en Morazán. Nos albergábamos en el galerón que el batallón tenía ahí, mientras esperábamos instrucciones. Luego nos dijeron el lugar que íbamos a visitar y si era un combate de monte, hombre contra hombre, o si íbamos a destruir una ciudad o un cantón o un caserío. Después caminamos para salir por el lado de Perquín, e hicimos 40 minutos de caminata hasta El Mozote. Llegamos en la mañana, porque mucha de la gente que estaba ahí no logró salir a trabajar. La gente se encerró cuando vio al batallón”.

Según describe el informe de la Comisión de la Verdad, cuando los soldados llegaron, ordenaron salir a todos de sus casas y los reunieron en la plaza; los hicieron acostarse boca abajo, los registraron y les formularon preguntas sobre los guerrilleros. Luego les ordenaron encerrarse en las casas hasta el día siguiente, con la indicación de que se dispararía contra cualquier persona que saliera. Los soldados permanecieron en el caserío durante la noche. Al día siguiente los interrogaron, torturaron y ejecutaron. El exterminio terminaría el día 12, dejando atrás varios cientos de muertos regados sobre las tierras de los cantones Cerro Pando y La Joya y de los caseríos Ranchería, Jocote Amarillo y Los Toriles.

“Yo me quedé, con otros 300, en los alrededores. Primero bajaron unos 50 soldados a meterse así y los demás se quedaron guardando la seguridad de los flancos, de los cercos. Abajo se hizo una formación en forma de herradura. Siempre se rodea y se deja un pequeño espacio, porque alguien que se encuentra acorralado, que no tiene salida para ningún lado, esa es una persona que muere hasta que se le acabe el último cartucho. Y matar a un guerrillero con fusil en mano, no era de una hora. Porque o se organizan y se van a romper el cerco a darle a los soldados pecho a pecho o preparan un combate hasta el último cartucho. Por eso se dejaba ese espacio para evitar un tope así. En El Mozote se dejó la parte del río, de la quebrada y ahí fue donde se fueron unas gentes que ahí creo fue donde se salvaron, porque de otra manera... Después de la formación, las puertas se abren y el que se encuentra o se mata adentro o se le saca a matar. Pero, en El Mozote, a la mayoría de gente la sacaron y la formaron. Ahí no entramos en combate. No era un campamento”.

“Los soldados se movían por grupos, cuando unos terminaban de actuar en una zona, estos se movilizaban y llegaba otro grupo a relevarlos y luego repetían el movimiento hasta que eran reemplazados por un tercer grupo. Así se fueron moviendo por toda la zona de los caseríos aledaños”.

Los guerrilleros evangélicos

Durante la guerra, la parte norte del departamento de Morazán era considerada como el sitio con mayor concentración y control por parte de la milicia guerrillera del FMLN. La idea de despojar a los campesinos de sus crucifijos y biblias venía de la teoría militar de que el apoyo de la población civil a los insurgentes se debía, en gran parte, a la penetración de la Teología de la Liberación como labor de algunos sacerdotes católicos.

El Mozote era un lugar singular. Ahí los católicos eran minoría, al contrario de todos los caseríos y cantones de los alrededores, la Teología de la Liberación no había tenido gran impacto. Además, sus relaciones con la Fuerza Armada siempre habían sido estables porque no eran colaboradores de la guerrilla.

El Mozote contaba con unos 300 habitantes, pero muchos otros moradores de caseríos más pequeños habían llegado a refugiarse ahí por temor a morir en fuego cruzado o para no ser ejecutados por los soldados si los llegaban a confundir con guerrilleros.

“Ahí toda la gente era del Frente. Así nos dijeron a nosotros, que en ese cantón estaban las bases, la propia estadía de ellos. Con la diferencia de que el combatiente se iba y llegaba ahí solo a traer provisiones. Si ahí no hubo un combate encarnizado. Ahí solo fue llegar a un cantón y arrasarlo. Si no, hubieran dicho: tantos soldados murieron. Combatientes yo no vi. Sobre las violaciones a niñas en ese lugar no puedo decir nada, pero sí lo hacían... incluso, yo no lo vi, pero me dijo un compañero que había visto que mataban a niños con un yatagán. Que violan niños y niñas, sí, eso lo hacían en diferentes masacres”.

“Cuando bajé al cantón, de último, ya habían matado a bastante gente... y nos dijeron que ya no habían guerrilleros, que ya no era necesario seguir dando la seguridad. La gente que se logró correr, que logró salirse del cerco, las perseguían. Algunos, algunos, contaditos, son los que se han logrado salvar. Yo ya he escuchado historias de los que se han logrado salvar, pero contaditos con los dedos”.

Rufina Amaya fue una de estas pocas sobrevivientes que logró escapar de la masacre de El Mozote, gracias a que se escondió tras unos matorrales, aprovechando la confusión de unas mujeres que rogaban porque no las mataran. Mientras huía, ella aseguró que escuchó los gritos de sus hijos que la llamaban y que rogaban porque no los mataran. Rufina fue entrevistada por la Radio Venceremos sobre esos hechos días después de ser encontrada por la guerrilla vagando por los montes. Ella fue la primera en denunciar el hecho, en la navidad de 1981 y su relato fue parte principal de un par de publicaciones en dos periódicos estadounidenses. Amaya falleció en 2007 debido a un ataque cardiaco y hoy su historia se ha inmortalizado en una opera recién presentada en Colombia, por el salvadoreño Luis Herodier, donde se cuenta cómo mataron a los habitantes de El Mozote.

Carlos Henríquez Consalvi, uno de los fundadores de la Radio Venceremos, y una de las dos primeras personas en recorrer la zona de la masacre en diciembre de 1981, cree que la matanza fue un aviso para los simpatizantes del Frente.

“La mayoría se iban a esconder a quebradas, pero siempre los mataron. Incluso, un compañero, que hoy está discapacitado, mató a un niño. El niño fue para la historia, porque estaba sentado en una piedra. Estamos hablando de un niño de cuatro años, muy pequeñito. Él estaba sentado en una piedra y el compañero le pegó una ráfaga de M16 y lo balaceó. Pero, el niño no se cayó, quedó sentadito. ¿Y quién dice que al caerle a uno un balazo de una M16 no das vuelta y caes con las patas para arriba? Al niño lo atravesaron a balazos y aún así seguía sentadito. Eso podía ser cosa de Dios”, rememora Efraín.

Según los sitios de internet especializados en armas, la bala de una M-16 se deforma cuando impacta contra su objetivo y pega con una fuerza de 52 mil libras de presión por pulgada cuadrada. Al deformarse no atraviesa, sus fragmentos rebotan por todo el cuerpo y destrozan el interior de la persona.

“Yo vi un montón de gente muerta, niños y este niño que cuento... no creo que el compañero lo haya hecho por... simplemente porque lo engañaron. Pero, si esas órdenes se le dieran a una persona adulta y no a cipotes de 14 o 18 años, la cosa sería diferente. Yo, a la fecha, si me dieran órdenes así, quién sabe si se las cumpliera. Claro que me rebelara y jamás hiciera cosas de esas, porque ahora somos personas pensantes. Es fácil dominar a los cipotes cuando ellos no tienen una mentalidad desarrollada. Cuando uno estaba en combate uno pensaba: Bueno, si me muero no dejo hijos, no dejo a nadie, estoy solo y cuando nos pagaban el sueldito que en ese tiempo eran 240 colones nos lo íbamos a gastar todo, decíamos: comámoslo, disfrutémoslo porque hoy estamos y mañana quién sabe, porque vamos para el monte. Esa era la vida del soldadito aquel. No pensaba en que iba a haber un futuro, que va a tener un hogar, que va a prepararse... uno no piensa en eso. A uno lo preparan para pensar que la vida no vale nada”.

Este sentimiento de indiferencia hacía posible que los soldados -en su mayoría jóvenes, solteros y sin familia-, tras el combate, siguieran sus vidas como si nada pasara, como si todo fuera un sueño, cuenta Efraín.

“Después de participar en una de esas masacres, qué diferente se ve el mundo. ¿Qué significa la vida o qué significa la muerte, si después de estar platicando con su amigo, con el que acaban de beberse un agua azucarada, porque a lo mejor no han comido por estar en campaña, este en ese ratito cae a la par de usted con un balazo en la cabeza? Para uno la vida en ese momento, después de lo que le han metido en la cabeza, no vale nada. Qué fácil es engañar a un joven. Lo mismo le da tanto que lo maten o matar en un combate. Usted ve caer a su compañero y no se extraña, en lugar de eso se pone a salvo. Y si uno mata, ahí no ha pasado nada, sigue su camino”.

“En la guerra, el día que no hay combate, uno no sirve. Te sentís rendido, te da sueño, te da hambre. Es desesperante. Cuando salía de licencia e iba en el bus para la casa de mis familiares, yo veía a la gente y pensaba: así como los puedo ver vivos, los podía ver muertos por allá. No había futuro cierto”.

A los miembros de Batallón Atlacatl, según las crónicas de la época, Domingo Monterrosa, la máxima autoridad de dicha unidad militar, los llamaba “Angelitos de la Muerte”. Cuando a Efraín se le pregunta sobre este sobrenombre que el militar usaba con sus soldados, él dice no recordar nada sobre ello. Sin embargo, sí recuerda a Monterrosa. Lo admira, lo desprecia y lo respeta.

“Hay asesinos y requeteasesinos, como el señor Monterrosa, no digo que no. Porque dicen, el que es hombre y cosa seria, de veras hay que felicitarlo por lo que es. Malo o bueno, hay que felicitarlo por lo que es. Y no nace uno tan rápido así como él. Tenemos a Fidel Castro. Yo felicito a Fidel Castro por la forma de hombre que ha sido. Pa’ que nazca otro como él ´tá difícil o a saber dónde está. Monterrosa era cosa seria. Para nosotros era él único, quizás en el país, que trabajaba tan de la mano… Para nosotros, Monterrosa, en especial para mí, fue un hombre que pensó ganar la guerra con las armas. ¡Así! Él pensó que la guerra se podía ganar combatiendo de tú a tú con las armas y por eso él se entregó a la lucha, y fue un hombre que comió frijoles, luchó y lloró junto con los lisiados… Con los soldados. Él pasaba los ríos allí… En las fotos lo puede ver que él andaba igual como andábamos nosotros… Una parte era estrategia de él para que no lo identificaran que era el comandante, pero la forma en que se dirigía a nosotros era una forma… Bueno, mis respetos. Muy excelente el viejo. Este señor era cosa seria. Él se dirigía como un camarada. Así, si tenía una tortilla, pues la comía entre tres. Y a él nunca le gustaba que le pegaran a un soldado, que lo garrotiaran ni le pegaran. Decía que no era eso. Incluso, decía que para castigarlo a uno era mejor ponerle flexiones o algo así, porque te hacía más duros los músculos y te daba más resistencia; pero no a garrotazos, porque no se trataba así. En ese aspecto fue muy bueno con los soldados, y por eso lo querían mucho. El señor este fue muy querido en El Batallón”.

Las contradicciones no paran ahí. A Efraín no le enorgullece haber participado en la guerra. Dice que nunca le ha contado nada de lo que hizo en combate a sus hijos ni a su esposa. Ellos apenas y saben que quedó lisiado a los 24 años, mientras realizaba un operativo en Morazán. Tampoco saben que él trabajó bajo las órdenes del coronel Francisco Elena Fuentes, realizando investigaciones de espionaje en la unidad denominada S2. Es que fue una guerra chuca, dice. Pero, pese a eso, por otro lado, no se arrepiente del carácter, la resistencia, de decirle que no debe temerle a nada y que es capaz de vencer a cualquiera que le formaron la guerra y los asesores de Estados Unidos, que vinieron a entrenar al Batallón a El Salvador.

La confianza era la base del Batallón Atlacatl. No cualquiera podía entrar. El reclutamiento se hacía mediante recomendaciones de soldados que estuvieran ya activos. A cada soldado se le hacía una entrevista de admisión para sondear el tipo de conocimientos y destrezas que este poseía. Uno de los requisitos era tener experiencia en el uso de armas. Su ingreso suponía el sometimiento a exámenes sicológicos y de resistencia física. Para el adiestramiento sicológico los obligaban a ver películas sobre guerras ocurridas alrededor del mundo, además de lavarles el cerebro con ideas anticomunistas. Estas clases eran de tres horas diarias todas las tardes desde que entraba al Batallón. Cuando esto terminaba, continuaban con el siguiente paso: la formación de carácter.

“Este cursillo tiene una semana de estrategia militar, pasar la concertina, arrastre, cómo atacar. Luego tiene una semana de combate cuerpo a cuerpo con cuchillo, con corvo, con la mano, con todo, por si uno se queda sin fusil. A continuación, sigue una semana en la que no te dejan dormir y para que durmás te suben arriba de los palos y ahí tenés que dormir si así lo querés, para que uno agarre coraje. En otras ocasiones, te tocaba dormir en el piso de ladrillo, pero a cada dos horas venía alguien a tirarte agua helada o te arrastran en el lodo. Después viene otra semana que se llama de supervivencia, en la que te dejan sin comer por siete días, te pasan por el túnel del amor, que son charcos de agua con lodo, luego te encierran en un chiquero que tiene alambre de púas alrededor. Cuando tenés esa gran hambre y que estás a punto de morirte, te matan zopes, chuchos -que es más decente que el zope- y te hacen una sopa de esos animales y te obligan a comer. Luego hacen un fresco de la sangre del zope y del chucho, le echan cebolla, sal y chile para que te lo tomés. Después de eso te dan un zope crudo para que te lo comás y todos deben dar una mordida al animal. Cuando yo hice el cursillo, llevaron un muerto que encontraron ahí en El Playón -area cubierta de lava petrificada al norponiente del volcán de San Salvador-, era un chamaco que habían degollado y nos lo llevaron para que lo comieramos. Todo esto era para formarte carácter. Después de que te dan todo esto, te tiran lacrimogenos adentro del chiquero, donde estás sin zapatos y solo en calzoncillos. Luego te dicen que a cómo dé lugar tenés que romper el cerco, vos y tus otros tres compañeros, y que desde ahí tenés que irte hasta Lourdes Colón corriendo, pasando por Teocoyo, allá por Jayaque, para salir al lado de Las Granadillas y volver a El Playón. Y en esas carreras que llevas, hay tres puntos donde te tenés que reportar y cuando llegás a El Playón tenés que llegar vestido. La cosa es que a la primer persona que te encontrés tenés que quitarle la ropa y los zapatos, amenazándolo con garrotes. Nosotros tuvimos suerte porque hallamos ropa tendida en medio de una tomatera, que algunos campesinos habían dejado mientras se iban a trabajar al monte. Con esto terminaba el cursillo. Esto te da carácter, porque en combate, rodeabamos a los chuchos, los pelábamos y comíamos de eso”.

El batallón Atlacatl estaba conformado de la siguiente manera: una sección, que es igual a 30 hombres. De estas se dividen dos patrullas, 15 hombres por patrulla. Un subsargento, dos cabos -uno para cada patrulla- y un cadete, que manda a los 30 hombres. Había cuatro secciones, que conformaban una compañía. Esta compañía tenía un teniente de dos barras, un subteniente y un sargentón. Esta compañía se unía a tres compañías más, estás llevaban, además de los otros ya mencionados oficiales, a un capitán. Se formaron tres agrupaciones de nueve compañias más el grupo de mando, que estaba dirigido por tres mayores, un teniente coronel. Según Efraín, hasta antes de que se firmaran los Acuerdos de Paz, los efectivos destacados en el Batallón Atalcatl sobrepasaban los mil hombres.

Efraín se movió de un destacamento a otro impulsado por el dinero que podría ganar. Un soldado ganaba 240 colones en el batallón. En Santa Ana, en la Segunda Brigada ganaba 85 colones. Antonio Guerrero Peraza, un amigo de él, lo instó a unirse al Batallón. Luego llegó a ganar 400 colones y al final de su carrera militar, cuando quedó lisiado, salió ganando 900 colones. Ahora como pensionado, apenas logra cubrir sus gastos con una pensión de 120 dólares. Para subsistir, hoy día se dedica a vender verduras en el centro de San Salvador y a luchar por los derechos de mejores pensiones y prestaciones de salud para los lisiados de guerra sean estos del ejército, la guerrilla o la sociedad civil. Su esposa administra una tienda en la zona donde viven. Con eso mantienen a sus cuatro hijos, el primero de ellos nacido en 1991.

Hoy, alejado de aquella buyicia de los combates, Efraín Fuentes, hace sus reflexiones sobre lo que para él significó ir a combatir: “La guerra fue creada para aniquilar a los líderes que empezaban a levantar cabezas. La guerra fue inventada por el gobierno... aquí Estados Unidos y el gobierno montaron la guerra y quienes la financiaron y se pusieron a reír de de todo fueron los ricos. Porque en la guerra donde yo anduve nunca anduvo un millonaro, solo gente que éramos campesinos. Y cuando nos matábamos era probre contra pobre, mientras que los ricos tenían a sus hijos en la universidad, preparándose. La guerra, aparentemente, podía hacer un cambio, pero este nunca se dió ni con los Acuerdos de Paz. Qué chiste tiene ir a una guerra si todo sigue igual o hasta peor que antes”.

"Uno de cipote creía que las cosas quizá así estaban bien y así se combatía. Hoy, que ya tengo mis cuantos años y que pasé mi experiencia, noto que el cipote pasó dormido en la guerra. ¿Sobre El Mozote? Me gustaría visitarlo, para ver cómo han progresado, porque lo destruyeron”.

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