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domingo, 7 de junio de 2009

La biblioteca alejandrina de San Salvador


Publicada el 27 de abril de 2009 - www.El Faro.net

El saber está en la calle. En San Salvador, los puestos informales de compra y venta de libros usados que jalonan el centro de la ciudad reciben más visitas que la Biblioteca Nacional y el Archivo General de la Nación. Entre la Avenida España y la Sexta Avenida Norte, decenas de negocios y miles de volúmenes reivindican el papel impreso en estos tiempos en que el conocimiento se torna digital.


Por Diego Murcia


La Biblioteca Real de Alejandría o Antigua Biblioteca de Alejandría fue en su época la más grande del mundo. Se cree que fue creada en dicha ciudad egipcia a comienzos del siglo III a.C. por Ptolomeo I Sóter, y que llegó a albergar hasta 700.000 volúmenes en papiro, hasta su desaparición hace cerca de dos mil años a causa, según algunas teorías históricas, de un gran incendio. Al fuego, sin embargo, sobrevivió su leyenda, y en San Salvador, en los alrededores del cada vez menos histórico centro de la ciudad, el instinto comercial de las calles la homenajea con similar vocación de acervo, pero mayor descuido.

No hacen falta paredes. Los puestos de compra y venta de libros cercanos a la Avenida España y la Sexta Norte representan para el amante de las letras, aunque tenga poco dinero, un pequeño paraíso. Yo decidí probar suerte y ver qué historias compraba con treinta dólares.

Sobre la España, junto a la Tercera calle oriente, hay tres tenderetes que funcionan desde hace poco menos de dos años. “Están ahí”, dice Claudia, una de las vendedoras, “porque en el Parque San José hay mucho ladrón y además hay que pagarles renta”. “Ay, Dios, con que apenas saca uno para comer, ya voy a tener para estar manteniendo a estos vagos”, se queja.

Claudia está sentada sobre un desgastado banco de madera, dentro de un pequeño quiosco de metal que almacena libros de pared a pared. Bebe sopa de un recipiente de durapax mientras espanta con un soplido las moscas que la acechan. Es rubia y gorda, y tiene un gran lunar café cobre el labio, en el lado izquierdo de la cara. Me recuerda, sin yo quererlo, a la “Hermelinda Linda” de los pasquines de los ochentas, una bruja de acento mexicano.

“Aquí viene gente que quiere comprar, sobre todo, enciclopedias”, dice. “Los libros viejitos son los que más se venden. Los compran viejitos que dicen que con ellos fueron educados y sin muchas preguntas, se llevan el libro antes de que alguien se lo arrebate. No son coleccionistas, solo gente que vive nostalgiosa (sic.) de cuando era joven y se ríe cuando encuentra algún libro de texto de sus tiempos de escuela”, cuenta Claudia mientras muestra algunos ejemplares.

El primero de ellos es una novela, “Kitty”, de Rosamond Marshall, una escritora que hizo famoso el género del romance para adultos. Sostengo en mis manos una edición de 1946, hecha en Buenos Aires, Argentina, por la editorial Claridad. Según la enciclopedia Wikipedia, la primera edición de este libro generó una ganancia estimada de entre un millón y medio y tres millones de dólares para esta mujer originaria de Nueva York. El ejemplar que me entregó Claudia está lejos de aquellos días de gloria: su pasta dura está unida con cinta adhesiva café, y no evita que el papel se desintegre con cada ojeada.

Lo cambio al instante por otro titulado “Especies útiles de la flora salvadoreña”, un catálogo compilado por el médico-cirujano salvadoreño David Joaquín Guzmán, el mismo que hoy presta nombre al Museo Nacional de Antropología. En la primera página del texto se lee: “... con aplicación a la medicina, farmacia, agricultura, artes, industria y comercio. Tomo II”. Es una edición de 1980, la número cuatro, y su impresión estuvo a cargo de la Dirección de Publicaciones del Ministerio de Educación. La primera edición, según consta en el registro del libro, fue hecha en 1926 por la Imprenta Nacional.

El libro fue propiedad de un tal José Alfredo Henríquez Castro, que se encargó de colocar su nombre con un sello de hule en tinta color negro en la primera página y en el folio número 297. otra de las páginas reza: “Obsequio de la dirección de publicaciones Ministerio de Educación. El Salvador, C. A.”. Claudia pagó a un desconocido cinco dólares por él.

“Es que a veces la gente anda en aguas y viene a ver cómo le ayudamos”, me dice un hombre delgado, alto y moreno, con cara de Dámaso Pérez Prado, que dice llamarse Jacobo y ser hermano de Claudia. Viste un sombrero de tela, y me dice que tienen las enciclopedias en oferta. Son de las editoriales Salvat y Espasa.

Emocionado al descubrir que soy periodista, me cuenta que junto a una veintena de comerciantes informales planea demandar al ex fiscal general Felix Garrid Safie y al presidente de ARENA, ex candidato a presidente de la república y ex director de la PCN Rodrigo Ávila por haberlos encarcelado hace un par de años, acusados de cometer actos de terrorismo. Jacobo se refiere a los hechos de mayo de 2007, cuando tras un decomiso de cd y dvd piratas un grupo de vendedores quemó una patrulla, un vehículo de la cadena de televisión TCS y un pick up particular, además de provocar daños en algunos locales comerciales. Once presuntos vendedores fueron procesados por terrorismo. Jacobo dice que fueron “como treinta”. Él salió de la cárcel hace poco menos de un año. Está en libertad condicional.

“Salí de allí enfermo”, dice. “Todavía vomito por culpa del yodo que le echan a la comida. Además, mi papá se puso malo del corazón cuando le dijeron que me iban a meter preso sesenta años. Se cagaron en mí esos viejos. Perdí mi casa y me enhuevé. Ahora apenas logro salir con 25 dólares al día”.

Claudia lo interrumpe y me muestra una postal con el rostro de Pedro Infante. En ella el astro mexicano viste el famoso uniforme del Escuadrón Acrobático de Tránsito de México D.F., con el que filmó la película “A toda máquina” (1951), con Luis Aguilar como coprotagonista e Ismael Rodríguez como director. La foto venía entre las páginas de un ejemplar del Quijote.

“Una vez encontramos una carta del presidente Enrique Araujo...”, cuenta la vendedora. “Dice sus cositas”, agrega Jacobo con cierto misterio. Dicen que la tienen en casa. “En la gaveta de la cama de ella”, dice Jacobo señalando a su hermana. Ante mi incredulidad Claudia promete buscarla y enseñármela al día siguiente. La sigo esperando.

A estas alturas, cerca del mediodía, he gastado seis dólares y comienzo a caminar rumbo a la plaza San José, sobre la Sexta Avenida Norte. Allí me esperan cerca de cincuenta libreros, aunque la alcaldía de San Salvador no sabe con exactitud cuántos comerciantes informales se dedican a este rubro. Los libros asoman entre los peatones, la superposición de microbuses y buses, los puestos de comida y la cortina sonora que sale de las oficinas del Ballet Folclórico Nacional, sobre esta misma calle. Son libros manchados, carcomidos por las polillas y con los lomos despellejados por el uso, el clima, el tiempo.

Atravieso el barullo y me detengo frente al primer puesto que encuentro. La vendedora escucha atenta a su hija, de unos 17 años y uniforme escolar, que ha dejado su mochila sobre el piso de la acera y lee en voz alta el Código de Trabajo en un intento de explicar a su madre algunas leyes. Hace poco leí en algún lado que, según Ricardo Bracamonte, Director Nacional de Promoción y Difusión Cultural de CONCULTURA, un aproximado del 70% de la población del país no lee libros con frecuencia.

Ojeo las tapas y lomos sobre la mesa y tras unos minutos de curiosidad insatisfecha sigo mi camino. En otros tres establecimientos corro con la misma suerte: libros de álgebra, manuales para windows 97, ejercicios de matemáticas y un ejemplar del famoso silabario en el que miles aprendimos a escribir “mi mamá me mima, mi mamá me ama” no logran capturar mi interés. Hasta que el puesto 233 me devuelve la alegría.

Desde fuera, una pila interminable de libros colocados uno sobre otro hasta llegar al techo empequeñece a un hombre que parece sentado en el interior de una concha de caracol. Doy las buenas tardes y le digo que lo quiero entrevistar. “¿Cuánto me vas a dar?”, me grita. “Nada”, contraataco indignado al vendedor, que me dispara miradas de desprecio desde el fondo de su cuartucho tapizado de libros viejos. Me mira de pies a cabeza y luego me invita a sentarme junto a él. De mala gana, busco asiento entre Cervantes y Baldor, pero termino cediendo mis nalgas al suelo. “Lo que pasa”, me dice en tono de regaño, “es que siempre vienen queriendo verme la cara de tonto útil”.

“Ahí vienen con sus cámaras y sus preguntas estúpidas... y yo, ¿qué gano? Publicidad gratis, me dicen. Ni mierda, ¡mentiras! Son pendejadas. Uno nunca gana nada de esto. A mí nadie me ha dado nada gratis desde que empecé allá por lo ochenta”, reclama. Me callo y lo dejo hablar. “La última vez”, continúa, “vino un bicho de la UCA a hacerme unas preguntas dizque para su tesis de graduación (sic). Puede ser –dice en pose reflexiva mientras se quita los lentes de carey, los limpia y se los coloca sobre la frente, cerca de un remolino de cabello que le nace al lado derecho de la cabeza, donde tiene el cabello más largo-, puede ser que él sea solo una ratilla de laboratorio, pero podemos preguntarnos: ¿qué hay más allá de esas intenciones? ¿Qué interés tendrá la UCA en lo que yo hago y pienso? ¡Já! ¡Ahí hay un gran interés económico oculto!”

Un joven moreno, como de un metro sesenta y seis, con pelo negro y escaso bigote, asoma su rechoncha figura al umbral de la puerta y dice:

¿Tenés el álgebra de Baldor?

$13 te cuesta.

¿Esa es copia?

Sí.

¿Y nueva?

$20 -dice el vendedor, cortante, sin quitar la mirada del tipo, tiene una pierna dentro del negocio y los brazos extendidos y apoyados en los maderos laterales de la puerta.

El comprador balbucea para sí, como si hiciera cuentas, y sin mediar palabra se despega de los maderos de la puerta, da la vuelta y se aleja. El vendedor de libros vuelve a atacar:

“¿Yo qué quisiera que me dijeran?”, se pregunta, y de inmediato se responde: “que a cambio de una entrevista me van a dar mil dólares y, además, un nuevo puesto, en un local más cómodo. Y que me paguen el alquiler de un año, o mejor aún, me compren la casa y la pongan a mi nombre, para que me desarrolle como empresario. Eso sería chivo”, me dice como retándome a cumplir sus sueños. Le cuento que estoy escribiendo una crónica sobre la venta de libros pero me vuelve a callar. “No, si yo sé que usted anda haciendo su trabajo… pero atrás de eso hay intenciones ocultas, hay un orden establecido”, insiste.

Transijo, reintento, argumento. Le logro convencer de que soy periodista y de que estoy dispuesto a comprar algunos libros, y el hombre empieza a hurgar entre la montaña que tiene frente a sí, en busca de qué ofrecerme. Hay un instante de paz. Luego se voltea hacia mí y me vuelve a preguntar: “¿y qué gano yo con esto?”

Unas cuadras más allá, sobre la Tercera Calle Oriente, encuentro un local donde se venden y compran libros desde hace 18 años. Se llama Primera Lectura y su dueña, la señora Mabel, también ofrece revistas de belleza, antiguas la mayoría de ellas.

¿Cómo ha logrado sobrevivir tantos años en este negocio a pesar de que los salvadoreños no se caracterizan por ser lectores constantes?, le pregunto. Ella, de pelo rubio, piel rosada, mejillas pronunciadas y cara sudorosa, me responde: “Es que yo solo comercio con cosas que la gente compra. Los otros se llenan de cualquier cosa y venden poco. Yo escojo literatura que todos buscan, las obras clásicas, pues, y antigüedades, y se las vendo a coleccionistas”.

Me muestra un ejemplar de “Selecciones de Reader´s Digest” de febrero de 1943 y cuyo precio original fue de 25 centavos de colón. En él encuentro artículos propagandísticos del gobierno de Estados Unidos donde se habla maravillas de los aviones de combate que irán a pelear contra las fuerzas del mal de Hitler, y un escrito del teniente coronel Warren J. Clear, del cuerpo de Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos, titulado “El soldado japonés visto de cerca”. El primer párrafo dice así: “El soldado japonés mide, por término medio, un metro y veinte centímetros de estatura, y pesa alrededor de cincuenta y tres kilos. De su paga, equivalente a un dólar y veintiséis centavos, le quedan todos los meses nueve centavos, para que los gaste como mejor le parezca...” Ese mes, de ese año, el día 25, había nacido en Liverpool, Inglaterra, George Harrison. El futuro Beatle era el menor de cuatro hermanos y su padre era conductor de un autobús municipal. El Reader´s Digest no lo sabía.

De las antigüedades que según ella han sobrevivido a las compras de los coleccionistas esta semana, Mabel coloca sobre mi mano un libro publicado en 1911. Dice que habla de El Salvador, pero que, como está escrito en inglés, ella no entiende de qué se trata. El libro tiene pasta dura de color azul y un escudo de armas –el de El Salvador, supongo, en los días de la confederación- pintado de dorado. Con letras grandes, se destaca el título de la obra: Salvador of the twentieth century, escrita por el cronista Percy F. Martin, que también escribió libros similares sobre México y Perú.

Una copia de ese texto puede ser consultada en la sección de Colecciones Especiales, en la planta baja de la biblioteca Florentino Idoate, de la UCA, pero la que tengo ahora en mis manos perteneció a la biblioteca personal de Rafael Guirola, Ministro de Finanzas y Crédito Público durante la administración del Dr. Manuel Enrique Araujo, Presidente de la República entre 1911 y 1915. El texto es un resumen de la vida de los salvadoreños de la entonces floreciente nación de El Salvador, e incluye fotografías de la época.

“Se lo vendo”, me dice Mabel de golpe, al saberme fascinado por el libro. ¿Cuánto quiere por él? “Deme veinte”, me dice, y segundos más tarde soy el nuevo dueño de este pedazo de historia salvadoreña.

Mabel sigue mostrándome sus libros y trae ante mí una copia de la Comedia Griega, edición de bolsillo, en papel reciclado, de la editorial Roxil. Lo abre y hurga entre páginas con sus manos regordetas y de uñas pintadas en rosa brillante. De pronto, extrae un sobre blanco cerrado y marcado con un sello de tinta azul en el que se lee: “Iglesia Evangélica de las Asambleas de Dios, San Francisco Javier, Depto. De Usulután”.

Es una carta que al parecer nunca llegó a su destinatario. “A veces una se encuentra fotos, billetes, estampillas... Yo al final, como no sé qué hacer con ellos termino botándolos a la basura. Esta carta me la quedé por pura curiosidad. Quería saber qué decía... Y más tardó Mabel en revelarme las intenciones de su morbo que en abrir y empezar a leer la carta. Sobre papel de rayas azules, con una tinta debilitada por el tiempo, se leía:

“Savado 19 de Febrero de 1983

Snfco Javier, Usulután

Iglesia Asambleas de Dios en

Snfco Javier, Usulután

El Salvador C.A.


El pastor juntamente con el cuerpo oficial, ase constar que la portadora.

Cristina Guerrero de Calderon es miembro en nuestra iglesia, cumplidora de todos los deberes y a la bez respetativa para con su pastor y demas miembros y incluso con las amigas.

Ella ha desempeñado algunos cargos en la iglesia como presidenta local del C.M.L. y también con el distrito como bisepresidenta.

Y en bista de su traslado se le extiende esta nota para que la interesada pueda aser uso de ella donde crea que es combiniente.

Rogamos a tí hermanos o sea ustedes sus consideraciones a nuestra hermana y el Dios de amor os de grandes bendiciones Dios os bendiga.

Pastor Rogelio Mazariego. Diaconos José Andres Arevalo. Julio Torres

Raul Garay. Francisco Guzman. Federico Yanes”

Mabel me regaló la carta y un libro sobre biografías al que se le están cayendo la portada y la contraportada. Me dirijo a casa con la sensación de haber recorrido un cementerio de elefantes, en el que se pueden encontrar restos de mamuts apenas roídos por las polillas y de mastodontes en buen estado pese a las cicatrices de alguna mano mutiladora. El saber de la biblioteca de Alejandría, aún vivo.

martes, 26 de mayo de 2009

El metro más caliente de San Salvador



Estoy en el cine y alguien tiene sexo a mis espaldas. Un par de hombres se enfilan, uno tras de otro, hacia el baño. Tres minutos más tarde, uno de ellos aparece tras las cortinas que separan el baño de la sala y se seca las manos en ella. Estoy intentando corroborar las historias que cuentan algunos amigos sobre lo que ocurre en estos cines cuando pasan funciones triple X. Pasan los minutos y me pongo paranoico: siento -y temo- que aumenta el peligro de que un hombre busque sexo conmigo. De repente, mi mirada encuentra a un viejo que se sienta a solo dos butacas de donde estoy yo. Lo veo. Me ve...

Por Diego Murcia

En el lobby del viejo cine Metro, en el centro de San Salvador, pegado en una de las paredes está el cartel que anuncia la función de este jueves. Es un doblazo de hora y media de duración, que se repite por cerca de ocho horas consecutivas: “Anales de la perdición” y “Pochotitas calientes”. El aviso está escrito a mano sobre cartulina verde con marcador negro.

La taquilla está al final de una treintena de gradas. Subo y, mientras lo hago, van apareciendo otros carteles de las películas de moda, entre las que destaca “Batman, el Caballero de la Noche”. Parece un cine cualquiera, con venta de golosinas y empleados uniformados que limpian las salas y atienden a los clientes.

Claro, esto es solo en apariencia. Afuera hace calor, a lo mejor unos 37 grados, las camisas se pegan al cuerpo por el sudor y, además, están los ruidos de los carros, buses y microbuses que se van apoderando de las calles a medida se acerca el mediodía. Y qué decir de los puestos callejeros y cada uno de sus vendedores que gritan ofreciendo sus productos. En estas circunstancias, entrar al cine es como entrar a un oasis.

Cuando termino de subir las gradas, aparece ante mí la figura de un hombre tras el mostrador de las golosinas. Tiene el pelo cano, la piel trigueña y muchas arrugas sobre el cuerpo. Le calculo unos 70 años. Al verme, se desplaza hacia la caja de cobros. De pronto, del costado derecho de la taquilla, aparece, bajando unas gradas, otro empleado del lugar. Este es al menos 20 años menor que el viejo del mostrador. Viene con una pala y una escoba en las manos. Comentan sobre el lugar donde pedirán que les preparen el almuerzo. El viejo sigue hablando con él, sin mirarme y sin preguntar nada sobre la película que he llegado a ver, solo extiende la mano para pedirme el dólar con 85 centavos que cuesta la función. Mientras pago, un hombre moreno, de unos 40 años, vestido con camiseta de tirantes y jeans gastados, se acerca a la taquilla y pregunta al cajero:

-¿Cómo está la película?

El cajero vuelve la mirada hacia una cortina a la izquierda, en dirección a donde espero mi cambio y el boleto de admisión. La cortina es como una cobija muy grande doblada por la mitad.

-Bonita. Esta película sí está buena -contesta el cajero tras unos segundos de pausa. Asumo que ahí, tras esa cobija, está ubicada la sala del doblazo que anuncian en el lobby.

En la década de los noventa, el doblazo era la modalidad más común en la cartelera de cines de los periódicos. Solían anunciarse junto a películas como Platoon, Rambo o El Día de los Verduleros I. Luego, con la llegada de las compañías internacionales, este programa desapareció para dar paso al sonido envolvente, a las butacas reclinables, a la sustitución de la picardía mexicana por la nueva ola de éxitos taquilleros de Hollywood, llenos de efectos especiales, y a una que otra producción independiente.

El viejo me da el tiquete donde se lee: “Viernes 19, 12:05 p.m., Adultos Clasificación ٰCٰ, Anales de la perdición”. Con boleto en mano, estoy listo parar entrar. Usualmente no soy quisquilloso, pero esa cobija me da asco. No quiero tocarla. Las historias de personas que vienen a tener sexo en estos cines -de los que hablamos la noche anterior con mis amigos- ayudan a que mi imaginación le ponga colores y texturas a las manos que tocan la tela para apartarla al entrar o salir de la sala. Mi mente vuela y no alcanza a enumerar las manos llenas de sexo que han tocado esta cortina tan curtida. Al final, hago una contorsión para entrar de soslayo por un hueco entre la cortina y el marco de la puerta.

Se hace la oscuridad. Por un momento me desoriento. Entre la confusión, logro distinguir la pantalla del cine que muestra a dos mujeres que se besan y se acarician mientras dos hombres desnudos las observan sentados en un sillón de cuero café. Mis pupilas aún no logran acostumbrarse a la falta de luz de la sala.

Me siento entusiasmado. Siempre he tenido ganas de ver cómo son estos cines por dentro. Tanta historia, tantas anécdotas encerradas en este edificio. En este cine Metro que desafía al tiempo con sus doblazos. No siempre el doblazo fue el que mandó en estas taquillas. En un principio, algunos de estos cines del centro proyectaban filmes para la familia durante el día y para mayores de 21 años en las noches. Con los años y con la aparición de nuevas y mejores salas de proyección en centros comerciales y con la proliferación del Betamax -primero- y luego del VHS y del DVD, estos cines se limitaron a ofrecer filmes con la clasificación triple X.

Busco sentarme en un lugar cerca de la entrada por si, acudiendo a mi pensamiento paranoico, hay necesidad de huir. Es que recién la semana pasada estuve hablando con unos amigos sobre los cines salvadoreños y cómo estos se han convertido en nido de delincuentes y en lugar de encuentro para homosexuales que buscan parejas furtivas o favores sexuales.

Con eso en mente, estoy alerta y un tanto incómodo junto a la butaca que he escogido. Pero no quiero desentonar y trato de relajarme, moviendo mi cuerpo de forma muy lenta. Ahora que mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad noto que la gente -todos hombres- se recuesta contra las sillas, dejando que sus cabezas reposen sobre la parte superior del respaldo de la butaca. El asiento está cubierto de cuero. No sé por qué me da la impresión de que también están hechos de cuero café, solo que más gastado que el que aparece en la pantalla. La madera donde reposan mis brazos tiene la textura típica de los muebles viejos que han perdido el pulimento por el paso del tiempo y por la erosión que provoca el contacto con la piel humana.

Desde que entré hasta que me siento pasaron tres minutos. Me demoré tanto porque estuve pensando en mi estrategia de reporteo: si buscar hablar con la gente, si quedarme callado y solo observar... No contaba con que los nervios tenían su propia opinión: a ver, ¿qué haré si una de estas personas me aborda en busca de sexo? ¿Le sigo el juego por propósitos reporteriles o me voy y termino mi visita al cine? No lo sé, creo que la mejor estrategia a es no seguir ninguna estrategia. Me arrellano en la butaca de manera similar a la de mis pares y prestaré atención a la película.

La historia de la pantalla es la típica y trillada: Brenda le quita el sostén a Tiffany y Matt se masturba. Jason filma con una cámara portátil cómo las dos mujeres se comen a besos. Matt introduce uno de sus pies en la vagina de Brenda y Tiffany se acerca a Jason y lo invita a unirse a la fiesta haciéndole sexo oral. Tras 15 minutos de lo mismo, no es difícil encontrar otras formas en qué ocupar la mente. Entonces comienzo a elucubrar sobre los nombres que popularmente se da a algunas posiciones: Patita de Ángel, Avioneta Venenera, Tenguereche en Bicicleta y la famosa Hércules en Yinas Balco.

Me pregunto quiénes seran las personas que vienen a estos lugares. El credo popular apunta que son depravados sexuales, homosexuales, prostitutas, ladrones, viciosos... pero yo, hasta ahora, no he visto nada que se le parezca. Lo que sí me sorprende es la cantidad de gente que a esta hora del día, las 12:30, están reunidas en una sala de cine. Son -o somos- casi 40. Supongo que, como en mi caso, habrá algunos curiosos. El resto, no lo sé, pero por cómo se mueven de un lado a otro, deduzco que varios de estos hombres están muy familiarizados con el lugar.

Sin darme cuenta, perdí el interés por la proyección y me relajé un poco. Después de varios minutos, todo lo que pasa en el filme se vuelve monótono, aburrido. ¿Qué piensan las personas que están en esta misma sala? ¿Vienen por excitarse y buscar sexo o simplemente están pasando el rato mientras vuelven al trabajo? Y pensar que hasta hace una hora yo estaba en el centro de San Salvador comprando libros usados. Fui a esos lugares que quedan a dos cuadras de la Catedral. Cuando regresaba al estacionamiento donde había dejado mi carro, a un lado de la calle y adornado por varios puestos de películas piratas, descubrí el rótulo del cine Metro. El Metro es uno de los tantos cines de infancia donde alguna vez vine con mi padre a ver una función infantil. En aquel entonces, en 1994, los cines Fausto, Modelo, Barrios, Maya, Avenida, París, Darío, Izalco, Tecana, México, Metro y Universal vivían sus mejores años de exhibición. De estos sobreviven los últimos dos, el resto fueron cerrados o han sido rentados a iglesias evangélicas y ya no exhiben más películas. La curiosidad me ganó y entré a corroborar la leyenda del sexo entre butacas. El almuerzo puede esperar, pensé.

En esa cavilación estoy cuando mis sentidos me vuelven a la sala. Me sobresalto cuando siento que la fila de sillas vibra. Es una vibración leve, tanto que pienso que me lo estoy imaginando. Pero no, las sillas se siguen moviendo, con un temblor que proviene del extremo contrario a donde me he sentado. Vuelvo la vista con disimulo, pero no alcanzo a distinguir más que siluetas. Creo que alguien se está masturbando gracias al cobijo de las penumbras.

Intento volver a concentrarme en la película, pero las historias de fastidio sexual en este tipo de cines me gana. En lugar de eso, como previniendo cualquier acoso, hago un rápido reconocimiento por el lugar. Entonces caigo en la cuenta de que ahí en la sala en realidad hay una muy activa y exagerada circulación de personas y rápido hago un inventario mental de sus movimientos. Noto que algunos se levantan de sus asientos de forma constante, pero aparentemente casual. Otros encienden cigarrillos en medio de la oscuridad y se paran en una esquina. Otros, simplemente, se cansan de sus asientos y se mueven de lugar. Unos más aprovechaban para ir al baño. La rotación humana sigue por los siguientes 20 minutos.

A la sala siguen entrando más personas. Llegan dos hombres vestidos como jornaleros, uno detrás del otro. Minutos más tarde, sale un hombre con aspecto de vendedor de seguros que debe atender una llamada a su teléfono móvil. Después entra una pareja -finalmente una mujer- y se colocan contra la pared, desorientados por la falta de luz. Él -se me ocurre pensar- viste como pandillero: con gorra, camiseta deportiva desmangada, como de jugador de básquetbol, pantaloncillos cortos y zapatos deportivos. Ella viste un top que solo le cubre los senos, una falda corta que apenas cubre sus nalgas y calza zapatos de tacón. “Es una prostituta”, pienso. Tras unos segundos de espera, él le dice algo al oído y se sientan en las butacas que están a mis espaldas.

La primera función acaba de terminar, pero la pantalla no mostró los típicos créditos de la producción. Hace calor. Con el agravante de que, al parecer, tampoco hay extractor de aire que ayude a disipar los tufos, como en las grandes salas. Aprovecho para revisar mi celular y mandar algunos mensajes. Es la 1 de la tarde en punto. Mi estómago empieza a pedir comida. Hay humo en el ambiente y apesta a sudor. Además, el ruido de la calle y de la otra sala que tiene el cine llega hasta acá. Entre tanto, una nueva historia erótica -o pornográfica, mejor dicho- asoma en la pantalla. La filmación proviene de un proyector, que reproduce una película en formato DVD y no en 35 milímetros, como se habitúa en el cine. Dos mujeres dicen sus nombres, mientras muestran sus traseros. Hablan en inglés y confiesan -oh, sorpresa- que les gusta el sexo. Parecen ángeles, las dos rubias y blancas, una de ojos azules y con pecas en la cara y la otra de ojos verdes y dientes muy blancos.

En este momento reparo en que varias personas han empezado a rondar la sala. Todas calladas y fumando. Parecen desesperadas y van como luciérnagas en la oscuridad. Otros hombres se están levantando de sus asientos para ir al baño. Primero, baja uno, luego otro. Pasados tres minutos, el primero, un joven moreno de unos 25 años y con camisa a cuadros, aparece tras la cortina que separa a la sala de los baños. Trae las manos mojadas. Lo sé porque aprovecha esa otra cobija para secárselas. Apenas unos segundos después aparece el otro hombre, un señor corpulento y con andar cansino, que trae la camisa a medio poner y con el pantalón como mal abotonado. Mi mente suspicaz dice que acaban de tener sexo, porque hasta hace poco parecían no conocerse y ahora se han sentado en la misma fila de asientos, aunque con algunas sillas de por medio. “Para disimular”, pienso, satisfecho de mi capacidad deductiva.

Puedo darme cuenta de todo lo que pasa porque la entrada que lleva a los baños queda al final de las butacas, cerca de la pantalla. Desde donde estoy sentado constato que en los sanitarios hay unos barriles de metal, de donde se toma agua para echar en los inodoros y que un foco alumbra débilmente la zona. Todo este ir y venir solo hace que a mi cabeza vuelvan las historias de Roberto, un amigo aficionado a estos cines que me contó cómo algunos hombres vienen a cazar favores sexuales a estos sitios.

Intento concentrarme en la película cuando reparo en unos ruidos solapados y gemidos contenidos. Y no provienen de la película. Alguien está teniendo sexo en plena sala, a mis espaldas. Me muero por volver la mirada y confirmar que se trata de la pareja que entró hace rato. Pero supongo que tanto descaro no puede ser cierto. ¿O sí? Quizá a eso se deba el alboroto y a que tanta gente esté de pie.

Por fin me decido a mirar pero mis ojos chocan con la figura de un hombre de unos 70 años que se sienta a dos asientos del mío, en la misma fila. Me ve. Luego vuelve a clavar sus ojos en la pantalla, donde dos jovencitas de florecientes 21 años tienen sexo como si las hubiera poseído el demonio: gimen, gritan, maldicen y hasta escupen mientras un hombre les hace el amor. Adelante, las butacas rechinan, respondiendo a ciertos movimientos acompasados. Al fondo, a la izquierda, alguien tose. El calor se ha convertido ya en un vaporón.

A simple vista, no está pasando nada fuera de lo normal. Pero el ambiente se ha puesto turbio. Me empiezo a sentir incómodo. El ir y venir de hombres en la sala ha cesado por el momento, pero se siguen oyendo los gemidos de la pareja. También se oye el rechinar de otros asientos a mi derecha. Ya me dio angustia, no soporto más y decido que debo retirarme.

Me levanto y camino despacio en dirección hacia donde está el viejo que se ha sentado en mi fila. Con voz suave le pido permiso para salir. Él se limita a encoger las piernas. Sus ojos están firmes en la pantalla, donde las “actrices” y el “actor” están enmarañados en un “ménage à trois”. Paso casi encima de él, no sin dejar de temer que, en el calor de la situación, me toque las nalgas antes de darme paso.

Salgo de prisa y paranoide. Afuera, una pareja habla con el cajero sobre un culto que tendrán en su congregación esta noche. Todavía acostumbrándome a la luz de la calle, bajo las 30 gradas y veo mi reloj. Es la 1:15 de la tarde. Me detengo unos segundos para voltear la cabeza y ver por última vez el cine del que acabo de salir. De pronto, un tipo de poco pelo, dientes cariados y con camisa amarilla me sale al paso. En una de sus manos sujeta una bolsa en cuyo interior hay un metal. Pienso lo peor. Me mira. Lo miro. No sé cómo reaccionar y me quedo parado esperando a ver qué pasa. Entonces me sorprende con lo que me dice:

-Estuvo fea la película, ¿verdad?

-Sí - le respondo.

Me toca el hombro y se va por su lado. Yo lo veo alejarse y, aunque aliviado, apresuro el paso... solo por si las dudas.